Copa Libertadores de 1991. El 1º de mayo, en el Maracaná, el Boca de Tabárez había perdido 2-1 el partido de ida por los cuartos de final de la Libertadores ante el Flamengo y una semana más tarde jugaba el desquite en la Bombonera. Los brasileños salieron al campo de juego a hacer el calentamiento y la silbatina y el abucheo fueron impresionantes, apabullantes. Los cariocas se quedaron petrificados y su rostros no dejaban de observar a la hinchada local, que parecía venírseles encima. Lo único que se movía era un helicóptero a control remoto que promocionaba un juego de azar, que sobrevolaba el área donde se movían los visitantes. El miedo los llevó al vestuario. Y allí se dio la charla entre Marquinhos, delantero del Fla, y su compañero Junior.
-No se puede jugar en este lugar, es una olla a presión y va a explotar.
-No digas estupideces. No puedo creer que digas una cosa así. Todos los domingos entrás al Maracaná.
-Sí, pero el Maracaná no se mueve.


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